lunes, 19 de agosto de 2013

PATATAS GUISADAS

Mi madre pone una cebolla, un pimiento, un ajo, dos tomates, y cuatro patatas sobre el mármol, en fila india, como un ejército en formación esperando ser trinchados y lanzados a la cazuela. Yo hago lo mismo, los coloco frente a mí y uno a uno los corto en diminutos dados. La cebolla, el pimiento, y el ajo, serán los primeros en ser reducidos por este aceite ardiente, que espera en el fuego para abrasar todo lo que se le ponga.

Roberto Carlos canta en la radio la canción “Amigo”, es una de esas canciones que te hace reflexionar sobre la autenticidad de la amistad, y pienso que no tengo amigos… ¿qué hay que hacer para tener un amigo de verdad, de esos que lo dan todo por ti?

Añado los tomates y remuevo poco a poco, bajando el fuego de intensidad. Todos los ingredientes se amalgaman curiosamente y creo que puede quedar tan rico como para chuparse los dedos, como para querer repetir, como si lo cocinase mi madre. El aroma a sofrito lo invade todo, supongo que debe bajar por las escaleras, y llegar hasta la calle,  como cuando yo llego del instituto y ese olor a guiso casero me recibe en el portal. 

Espero que le guste a mi padre,  que llegará con su olor a aserrín, con su lápiz afilado detrás de la oreja, y con la prisa cotidiana por volver al taller. El taller es su lugar de trabajo, donde montones de tableros ocupan todas las paredes y donde la sierra chirría durante horas y horas. 

Sus clientes le encargan  muebles, estanterías, puertas, y ventanas que mi padre hace con mucho estilo, porque es muy bueno en lo suyo.  
Jordi, el mayor de mis hermanos, también vendrá a comer, a él seguro que le gusta el guiso de patatas, a él le gusta todo lo que se coma con cuchara, pero lo que más le gusta es que lo comparen con Johan Cruyff. Vive pendiente de una pelota, la sigue, y la persigue, la sostiene y le da saltos sobre su empeine, la chuta con fuerza, la regatea, la bota sobre la cabeza, y la coloca sobre su hombro. No entiendo cómo se puede vivir tan pendiente de una bola, es como si ella tuviese vida propia, como si dialogaran y se entendiesen. 
La radio sigue entonando canciones románticas, me siento alegre y dispuesta, es que la música hace mucho por el estado de ánimo, es un pájaro gigante que  transporta la imaginación allí donde quiera, allí donde a veces me gustaría llegar, donde poder aprender muchas cosas que quiero saber.
Suzanne, de Leonard Cohen no me hace volar,  es diferente, me introduce en una jaula de tristeza, en un embalaje de pesimismo, y aun así, me gusta Cohen.

Alfonso, mi hermano pequeño no viene a comer a casa,  come en el colegio, es una escuela especial y vuelve en autobús.  Cuando nació le dijeron a mis padres  que era diferente, que nunca aprendería a leer, ni a escribir, sabemos que es diferente, pero… ¡viva las diferencias!,  seguro que a él también le gustarían las patatas.

Ahora pongo las patatas en la olla, y las cubro de agua, añado sal, un puñado de arroz, una hoja de laurel, y las dejo hervir hasta que estén tiernas.
Los ingredientes saltan sobre el hervor del liquido caliente, se rebrincan sobre sí mismos, y el arroz pujado está en su punto, entonces desmenuzo el atún y lo añado al caldo, dando por finalizado el plato que tantas veces hace mi madre. Patatas  guisadas lo llama ella, y dice que es un plato muy sencillo y económico, si ella lo dice que sabe tanto, es que es verdad.   
También dice muchas veces, que el arroz con tomate y patata cocida alargan la vida, y donde no hay mata no hay patata, o, aunque me cubras de abril hasta mayo no he de salir.

Dice muchas frases y refranes de su pueblo, que seguramente habría oído de su madre, o de su abuela, que se quedaba dormida de repente, mientras hablaba, y que era muy limpia y divertida. 
Mi madre es una gran mujer, no creo que pueda parecerme a ella, no puedo compararla con nadie que yo haya conocido, ella es como  la Gioconda de Leonardo Da Vinci. Su cara  encierra todos los mundos, todas las expresiones; alegría, tristeza, regodeo y congoja. Su mirada es profunda, y a al mismo tiempo cercana, su leve sonrisa parece no desaparecer nunca de sus labios.

Cuando vuelva lo hará con mi hermana, salió de casa con una barriga que sobrepasaba el comienzo de sus zapatos, su vestido estampado y adherido a su tripa se movía como una cortina,  como cuando abres las ventanas para que se renueve el aire. Con Montse seremos cuatro hermanos, mi madre quería tener otra hija, para que yo tuviese una hermana, no sé muy bien porque, supongo que ella piensa que las mujeres somos más capaces de resolver este mundo extraño.

Nació ayer y dice mi padre que pesó cuatro kilos, ella será la pequeña de la casa, mientras que yo soy la mayor, estoy deseando de verlas entrar para poder estrecharlas, nunca he cogido a un bebe… son tan indefensos, pero tampoco nunca hice el guiso de patatas, siempre hay una primera vez.  
20 de Mayo de 2013
© Safe Creative
Inmaculada Jiménez Gamero

domingo, 28 de julio de 2013

HE PENSADO


He pensado que los años son mentira
y no pasan como dicen
ni se inmolan en honor de la experiencia.
Que soy frágil y tan fuerte
que me bebo la energía de esta quebrantable vida.
He pensado recoger los tréboles de suerte
que cayeron de mis manos cuando más los requería.  
Que las ranas fueron mías y los príncipes azules
se escondieron tras la puerta de una casa de alegría.  
Que el amor de septiembre apareció con tus besos,
los balbuceos dorados en octubre de ternura,
y la sorpresa de mayo en mis brazos maduros se mecía.
He pensado que los años son mentira,
que he vivido las tormentas como he vivido frio,
que he tenido lo alcanzable y lo probable fue llegando,
que aunque la piel se derrite como helado en el verano,
yo probé tantos sabores como dolores merecía.
Que la ruta sigue intacta extendiendo mi camino,
que el rio de la existencia se alarga viajando conmigo
y me sigue proveyendo de las cosas cotidianas.
He pensado que los años son mentira
y no pasan  ni se cumplen en decreciente calendario,
son trayectos del viaje que acompañan mis deseos,
estaciones en la vía acompasada de paradas renovadas,
presente y más presente, que al pasar me nutre y saboreo.  
     
28 de Julio de 2013

Inmaculada Jiménez Gamero


domingo, 7 de julio de 2013

TE EVOCO


Te evoco cada vez que paso la página del recuerdo, y te encuentro en la pálida confusión de la mente o dictamen que te llevan y traen. Estrangulan tu nombre dejándome un cadáver tantas veces ejecutado. Pasa el latigazo en el minuto, la ausencia en el abrazo, y los días son cortinas de lágrimas, y las noches son espesas despedidas sin ti, y contigo. Te rememoro en las pestañas del viento, te fantaseo en la ola y presiento en la madrugada, te necesito y te huyo como el mar ante los pies descalzos. No sé si tiene remedio este modo de vivir desconcertado, este pecho siempre en suspense que me sustenta, esta locura de sentimientos, o huellas, o pasiones desbaratadas…no sé hasta dónde llegará mi corazón, empeñado en sentir la vida con la fuerza de un latido loco, añorándote y pensando en ti, cada vez que paso la página del recuerdo.
7 de Julio 2013
Inmaculada Jiménez Gamero

martes, 21 de mayo de 2013

LISBOA


Ya no llueve en Lisboa cuando me dejas,  
en esas láminas del tiempo
donde se repiten los recuerdos,
el registro dietario del hotel decadente
no escribirá el nombre del engaño.
Volveré hasta Lisboa porque ya ni chispea,
y con el marcador profundo de mi pecho
andaré por las grietas de la ciudad,
gozaré la elocuente belleza que me robaste.
Visitaré el castillo apacentado,
la torre, el puente largo, el horizonte de océano.
Los románticos fadistas en sus casas
repartirán su dolor de vino dulce,
las tabernas en las tardes murmurarán,
la lluvia te recordará como el intruso que iba de mi mano.
Los tranvías bandeados soñaran por la Rúa Sao Juliao, 
la Alfama de pescadores brotará como antaño
y despoblará la mañana del ayer, dejando el barco atado,
meciéndose los besos, fraguándose los fados.

20 de Mayo de 2013
SafeCreative
Inmaculada Jiménez Gamero

viernes, 26 de abril de 2013

ACECHO



Como una lengua lamiéndome
que desgasta el inexorable latido,
mientras aumenta milimétricamente
el veneno del oxigeno que aprieto.
Y  huyo del duelo final,
como huyen los pájaros al viento,
y mato el pliegue del destino,
y cada paso se convierte en nada,
y cada segundo es la última secuencia.
Despedida anunciada en el camino,
viaje susurrante, tren mortecino,
argolla que aprieta  el segundo,
fina espada, poderoso Damocles.
Ostentas la vida
como poder inexistente,    
bruma quieta, incertidumbre,
promesa de paraísos,
paz eterna, redentora de pecados,
como una lengua lamiéndome.


25 de Abril de 2013
Inmaculada Jiménez Gamero

jueves, 28 de marzo de 2013

EL HOMBRE MANCO


Aquella tarde había llovido a mares, cayó tanta agua que los carros fueron arrastrados varios metros abajo hasta parar en la casa de doña Dorita. Esa mujer desapareció de la noche a la mañana y nadie supo lo que había sido de ella, algunos dijeron que escondía rojos en los túneles que desde su casa conducían al río.
Manel salió para ir a buscar leche a la vaquería cercana al cementerio, pero se detuvo   en un portal al escuchar un estruendo de ametralladoras, minutos después la sangre de los fusilados corría por el suelo conducida por la lluvia. Regresó a su casa a hurtadillas, vigilando su propia sombra,  el reloj se había parado a las siete las tarde,  parecía un mal presagio. La oscuridad de la noche  había calado hasta las casas y ni un solo candil ardía ya en el interior de ninguna de ellas. Un perro ladró dos veces y a continuación un tiro alertó de su final. El camión de la muerte iba buscando a gente para matarla, entraban en las tabernas, en las fábricas y en las casas para detener a las personas por la fuerza.
Corrió agachado hacía el granero, y a tientas entre el enorme montón de estiércol,  buscó la cuerda que agarraba la caja donde se escondió atemorizado. Era un escondrijo que había ideado con la esperanza de no ser descubierto, casi con seguridad nadie buscaría entre kilos y kilos de porquería maloliente, era su única tabla de salvación.
Los falangistas lo buscaban desde hacía dias, la represión franquista se cebó con el bando perdedor al que él pertenecía.  Tenían que limpiar cualquier elemento relacionado con la República, lo que condujo a muchos al exilio, y a la muerte.
 A duras penas resistía allí dentro, entumecido de frío y respirando aquel olor pestilente y repugnante, si no era porque iba rumiando su propia historia.
                                                     …………………….

Me llamo Manel, soy de un pueblo de Gerona llamado Sils,  si muero creo que solo una mujer me echará de menos. Mis padres murieron de tuberculosis, tuve o tengo dos hermanos,  no se la suerte que han corrido ya que fueron empujados  y golpeados por altos mandos militares la noche del 11 de diciembre de 1938 y conducidos hasta la estación.  En el vagón 67 se perdió toda la pista de mis amigos de juegos y compañeros de fechorías, mis hermanos,  Juan y José.
Creo que el fascista de Sabater los denunció a los nacionales, el muy cobarde del terrateniente vio peligrar su posición social ante cualquier estallido de violencia del proletariado, luego se santiguaba los domingos ante la misma iglesia que también apoyaba la matanza de personas, y que bajaban la mirada ante los robos de bebes, que eran entregados a burgueses y aristócratas.
 Quiero  casarme con la mujer que amo, la recuerdo todos los días, huyó con su familia para exiliarse en Francia cuando Franco tomó Cataluña, y creo que estará en algún pueblo cercano a la frontera, espero volver a encontrarme con ella para ya nunca  separarnos. Son muchas las familias y dirigentes políticos que huyen de la represión. …Quiero pensar que algo tiene sentido bajo este montón de mierda nauseabunda, quiero pensar que el horror no forma parte de mi vida, quiero creer que pasaran de largo los que van dentro de esas botas militares que se aproximan…
                     
                                                    …………………………
Caminaban despacio para escuchar cualquier movimiento, pero golpeaban todo objeto sospechoso, abrían armarios, levantaban camas, susurraban entre ellos y gritaban, de vez en cuando, -¡¡Tenemos que encontrar a éste rojo de mierda, con él terminaremos de una vez con la escoria de los que no creen en una grande y libre!!
Abrieron las puertas del granero, sacudiendo lo que encontraron a su paso, podía escuchar el sonido y el calor de sus respiraciones.  Debían de ser cinco o seis, o eso le parecía a Manel, quien encorvado y resignado pensaba que aquellos cabrones iban a escribir su final.
Les escuchó  alejarse y suspiró aliviado, pero poco duró su alivio, ya que uno de los militares se quedó rezagado, debió de advertir algún movimiento entre el estiércol.
Era su fin.
La caja había quedado levantada y aquel monstruo uniformado se fue aproximando hacía donde se encontraba.  Manel abandonó toda esperanza de subsistencia y relató su propia despedida.

                                                       ….……………………………
-Adiós Adela, amor mío, adiós a mi lucha obrera y social, adiós a mis compromisos, adiós a la vida que me ha tocado vivir-.

                                                          ……………………………..
Contuvo su respiración e inmóvil se consagro a una virgen llamada, “La Moreneta”,  patrona de Catalunya, parece que la encontraron unos niños pastores en el interior de una cueva  tras ver una luz  que salía del interior de la montaña.  Él que se confesaba no creyente se ofrendó a la virgen más cercana, atenazado por el terror de ser fusilado. Mientras pensaba en la santa y se encomendaba a ella, se orino sobre sí mismo o sobre su cadáver, ya no sabía si estaba vivo o muerto, aterido y doblegado por el pavor y la angustia.
Continuó expectante durante unos segundos y abrió los ojos por un instante  para mirar por la ranura que había quedado entre las traviesas de madera. Fue entonces cuando pudo ver la cara de soberbia de aquel hombre y cómo sostenía el arma con su única mano, la derecha. Por suerte aquel defecto físico fue el que le salvó la vida ya que la ausencia de la otra mano imposibilitó al militar la acción de levantar la caja y descubrir quién había en su interior, el monstruo lisiado desistió de cualquier otro intento, y se alejó con paso firme, perdonándole con su actuación la vida.
Terminó la guerra y los años posteriores fueron duros. El destino y el amor quisieron que se reencontrara con Adela, con la que se casó y tuvo dos hijas que le dieron dos nietos, pero nunca volvió a saber de sus hermanos. Años después se empeñó en llevar a cabo lo que desde hacía tiempo le rondaba por la cabeza, encontrar a aquel hombre manco. Lo primero que averiguó fue la brigada a la pertenecía y dicho sea de paso, el defecto físico fue una característica que le facilitó su localización, ya que en uno de los archivos encontró una foto en la que aparecía un hombre sin esa extremidad superior.  Después siguió investigando para localizar a su verdugo y redentor,  valiéndose de estamentos e instituciones. Aquel hombre se llamaba Isidro Azcarates Thilar y vivía en un pequeño pueblo cercano a Zaragoza, llamado Abanto. Pudo saber que trabajada de acomodador en el cine de la localidad, y hasta allí se dirigió, después de no pocas entrevistas con los vecinos del pueblo donde fue a parar siguiendo sus pasos, hasta poder tenerlo frente a frente.
Y llegó el gran día, en que iba a encontrarse cara a cara con el hombre que había sembrado todas sus pesadillas. En ellas no aparecía Freddy Krueger, ni  Zombies, ni ningún otro asesino mítico del cine. En ellas aparecía, “El Hombre Manco”, el que lo había torturado muchas noches de su existencia y al que quería estrechar su única mano.
Entró en el cine veinte minutos antes de que empezara la película, la gran pantalla permanecía en blanco y vio una figura de espaldas en la parte izquierda de la sala. Esperó unos instantes hasta comprobar que era a quien estaba buscando y cuando se cercioró  se aproximó hasta él y  lo miró profundamente a los ojos queriendo descubrir qué habían causado los años transcurridos en la vida de aquel hombre. –Y después le dijo-
-Parece que fue ayer, pero han pasado más de cuarenta años, tú fuiste el hombre que una vez estuvo a punto de matarme, pero que me perdonó la vida, - le dijo queriendo dominar su agitación.
¿Qué estás diciendo? –le contestó aquel hombre con cara de pocos amigos.
-Lo que has oído… Isidro, que le debo la vida a tu defecto físico, que si no hubieses sido manco habrías levantado la caja entre el estiércol, donde me escondí huyendo de ti y de otros militares como tú… que me hubieses matado igual que hiciste con otros que pensaban como yo,-
El hombre lo miró de soslayo y quiso deshacerse de él y de sus palabras reprobatorias, pero Manel se lo impidió poniéndose nuevamente ante él y preguntándole
-¿Ahora eres tú quien te escondes?
-No sabes lo que dices.- Replicó con mirada mortecina.
-Aléjate, déjame completar mi último día de trabajo, estoy enfermo, desahuciado y voy a morir solo… no tengo hijos, ni amigos…y justo hoy apareces tú… recordándome de nuevo lo que yo no he podido olvidar… me hablas de la guerra, me hablas de estiércol, de huida, del brazo que perdí…yo era un  simple soldado que aprendí a ejecutar órdenes, entonces no era consciente de estar cometiendo crímenes. En el caso de haberme negado a cumplirlas… habría sufrido terribles represiones,  mi mandato era visitar a presuntos miembros de la resistencia… en sus domicilios y tras cerciorarme de su identidad… matarlos de un disparo.-
Y continuó diciendo con  voz rota.   
-Después pasaron los años y desde otra perspectiva comprendí lo que había hecho, pero ya no tenía remedio. Estuve seis años oculto hasta que me instalé en éste pueblo, conseguí trabajo en éste cine y he intentado olvidar, pero un hombre nunca escapa de su propia memoria. Ahora voy a morir juzgado por mis propios recuerdos y pidiendo perdón por todos mis crímenes.-
Manel salió del cine compadeciendo al acomodador y con la sensación de que el propio destino había hecho función de compensación y se había resarcido, como si hubiese dictado sentencia muda sobre aquel hombre asesino, privándole de cualquier felicidad, cariño y compañía, convirtiéndolo en un desahuciado sin apego, ni afecto.
Y es que a veces, hay otros tipos de justicia.


Inmaculada Jiménez Gamero
11 de Diciembre de 2012
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martes, 26 de febrero de 2013

LA VIDA, UNA VIDA


Sobrevino el silencio,  inmediatamente la oscuridad se adueño del espacio y del tiempo.  De alguna manera, todos habíamos muerto ese día.

Recuerdo que era festivo, íbamos a buscar a mis abuelos y nos preparábamos todos para salir de casa, mis padres, mis tres hermanos y yo.
Mi madre ya había preparado a la chiquitina y la entretenía sobre la cama, mientras ella se engalanaba ante el espejo del tocador estilo americano, que mi padre con sus propias manos había construido.
Estaba muy guapa, especialmente hermosa, se ponía el vestido estampado de los domingos y se maquillaba los ojos con aquel color verde que le sentaba tan bien, y que la hacía parecer aún más joven.  Mis hermanos y yo nos vestíamos solos.
                   -Ya sois unos hombrecitos- Nos decían.
Pero al final siempre resultaba que les tenía que ayudar a los dos.
Con trece años ya ejercía una cierta autoridad  a la hora de ordenarles  como tenían que hacer las cosas. Ellos tenían diez y ocho, los chicos, y la pequeña y gran triunfo de mi padre, solo tenía cuatro.   
Mi padre siempre era el primero en estar preparado, y daba paseos por el  pasillo de la casa,  haciéndose notar con el tintineo de las llaves en la mano y con sus largos pasos repicando en el terrazo.
La algarabía lo rodeaba todo; bromas, risas, correteos desde la puerta de la casa y hasta el coche.
                  -¡A ver quién llega primero!  
                  -¡Yo me pongo aquí, tú allí!
                  -¡Qué yo llegué antes!
Por fin mi padre arrancó el motor.  Qué bien sonaba el coche nuevo, parecía uno de esos automóviles de las películas americanas.  Ninguno de mis amigos de Manresa, el pueblo donde nací y me crié, tenía uno igual.
En el trayecto continuaron las risas, bromas y canciones que entonábamos  todos juntos, parecía que iba a ser un gran día.
Aún me parece oír como cantábamos todos, aquella canción popular que tan famosa habían hecho los payasos de la televisión.
                …En el coche de papa, nos iremos a pasear…

Ninguno de nosotros imaginaba lo que iba a suceder, la vida nos depara cosas que nunca alcanzamos a sospechar, y que luego nos dejan el rastro más amargo hasta el final de nuestros días.
Ya sólo faltaban unos quilómetros y se había serenado nuestra efusividad infantil. Todos  mirábamos por las ventanillas, esperando identificar la calle donde estaba la casa de los abuelos.
De repente oí un estallido, un traqueteo, y como el pinchazo de un globo gigante.  Después voces inconclusas de mi madre, gritos aterrados de mis hermanos, un golpe ensordecedor de metales impactando, hierros retorciéndose, y cristales desintegrándose sobre el asfalto, en un caos eterno que duró cinco segundos, sólo cinco segundos.
Seguidamente todo formó parte de un silencio relativo, dentro de aquel ataúd de plancha y chapa.
Acababa de experimentar, sin yo saberlo, el concepto de la gravedad terrestre, y la fuerza que ejerce un vehículo con seis personas dentro,   al caer desde un puente de veinte metros.  
Durante un tiempo indeterminado todo formó parte de un limbo extraño,   de un paréntesis doloroso que iba a establecer un antes y un después en mi vida. Después todo se paró en un paisaje dantesco.
Pude ver a mis hermanos gimiendo casi inconscientes, y a mi padre buscándonos con la mirada y extendiendo sus manos.
Aturdido y horrorizado salí por la puerta delantera que había quedado abierta,  y me acerqué hasta mi madre que yacía en el asfalto. Su menudo organismo  impactó con el cristal delantero, y salió despedida a unos metros de distancia del coche.
Me aproximé  a su cuerpo y toqué su cara con mis manos, instándole a despertar,  para luego zarandearla más enérgicamente.  Pero ella no respondía a mis ruegos, no respondía a mis ruegos.
Recuerdo que grité con todas mis fuerzas y maldije al mundo, retándolo con mi rebeldía.
                        ¡Voy a escupir al mundo que me ha hecho ésto!
Ella, ajena a todo, tan hermosa como antes y con su rostro inmaculado,  esbozaba un semblante de resignación, y su boca entreabierta parecía querer hablarme, como hasta hacía poco lo había hecho, pero sólo un hilo de sangre brotó de sus labios color de rosa.

Empezaron a llegar personas que yo no conocía, en un trasiego artificial y frío como la muerte, alguien me retiró de mi madre sin vida, y un sonido de sirenas lo envolvió todo, en un sinsentido de alarmas y de luces de emergencia.
Mi hermana lloraba sin parar atendida por los efectivos,  y mi padre abrazado a mis dos hermanos, parecía un zombi, o un loco recién salido del psiquiátrico.    
Habíamos tenido un accidente de tráfico que cambiaría nuestras vidas por completo. Esa era la cruel realidad de lo sucedido,  en solo cinco segundos se deshizo la vida de mi familia, la vida de juegos imaginativos que inventábamos en casa.  En aquella casa de largo pasillo, por el que correteábamos,  y que una vez  nos atrevimos a  llenar de agua para nadar con nuestras gafas de buzo.

Las ambulancias con todo el arsenal de equipos técnicos y operativos nos atendían las heridas y rasguños superficiales, que habíamos sufrido. Nos hacían preguntas sin importancia, para entretenernos, preocupados por nuestro estado psíquico.  Pero yo clamaba por mi madre y preguntaba por ella, a pesar de presentir que ya nunca volvería a decirme todas las cosas que con tanta delicadeza me transmitía.
                      …No puedes salir corriendo del dentista… cuando te miren las chicas pensaran,…con los ojos tan bonitos que tiene y mira que dientes…
             
Efectivamente ya nunca volví a verla, más que en mis sueños, y en una pequeña foto que siempre me acompaña, y donde desde hace ya tiempo, ella es más joven que yo. Muchas veces me pareció escuchar su voz llamándome, y creo que siempre la he tenido cerca de mí.
Al macabro destino,  debió de parecerle bien llevársela con tan solo treinta y dos años, y en un simple transcurrir de cinco segundos, pero yo me atormenté durante mucho tiempo, preguntándome,  por qué me había quitado a mi madre.
A coletazos fui sacudiendo mis traumas, sin ayuda de psicólogos que seguramente no nos hubiesen ido nada mal, tanto a mí, como a mis hermanos.

En el hospital y después de un riguroso examen, y de un arsenal de pruebas, nos sentaron a los cuatro en un banco de la sala de espera.
-Pobres niños, es un milagro, sólo han sufrido rasguños-. Le escuché decir en voz baja  a una enfermera.
 Allí nos entretuvieron con pastas y juguetes, en un intento desmesurado por ocultarnos lo sucedido. 
Recuerdo especialmente a una de ellas, esmerándose por disipar la tristeza de aquella tarde de domingo, extremándose en resultar simpática para alejarnos un poco de lo que habíamos vivido.  
Esperábamos no se qué clase de sentencia, o más bien confiábamos que alguien vendría  a recogernos, ya que mi padre con varias costillas rotas, tenía que permanecer en el hospital durante varios días.
Cuando llegaron mis tíos, se abrazaron a nosotros con cariño pero yo captaba  en sus gestos y miradas, la tensa calma de asimilar que cuatros niños se habían quedado sin su madre, y sobre todo notaba sus propósitos de edulcorar ante nuestros ojos un drama de tal calado.
Qué iba a ser de nosotros a partir de entonces.


Días después, al pasar por el taller de carpintería de mi padre, cuando nos dirigíamos a la escuela, me detuve ante el cartel que había pegado en la puerta, -Cerrado por defunción- decía.
No sabía que se llamaba así cuando alguien moría, ni que se tenía que avisar de ese modo a los demás.
Cuando llegué al colegio todos me miraban con ojos de pena, y a mí no me gustaba sentir sus disimulados cuchicheos.

El profesor de religión, Don Roberto, empezó a dar la clase del día diciendo: La Biblia dice que cuando alguien muere, “sale su espíritu y vuelve a su suelo”, morimos porque somos descendientes de Adán, quien cayó. Sin embargo, esta muerte no es la muerte final, por eso la Biblia en muchas ocasiones la llama “sueño”.

Tiré los libros de la mesa con furia, al mismo tiempo que me levanté,  y con mucha cólera contenida, grité,  - ¡¡¡Pues yo quiero que se despierte mi madre, todo eso es un cuento de ignorantes!!!   Y salí corriendo de la clase, escondiéndome en el hueco de la escalera que había cerca de la salida.
Don Roberto era un hombre rotundo pero bueno, alto y un poco obeso, con unas manos muy grandes que parecían rastrillos de labranza, y una calva incipiente que le hacía parecer mayor.
Cuando me vio salir de clase, se quedó tieso como un ajo, y no hizo ningún intento de prohibirme que saliese.
Fue a los pocos segundos cuando salió al corredor, y me llamó por mi apellido como tenía costumbre hacer, pero yo no salí de mi escondrijo.
Tuvo que emplear mucha paciencia conmigo, en sus clases que se me hacían eternas, y con aquellas respuestas que daba en los exámenes, en las que contestaba lo primero se me ocurría y que nada tenía que ver con la pregunta. Era mi forma de rebelarme con el Dios del que él tanto hablaba y al que yo hacía responsable de mis males.
Y es que las heridas de la niñez son las más profundas, y causan el mismo efecto que la sal en la tierra.

14 de Febrero de 2013
Inmaculada Jiménez Gamero                                                                 

sábado, 23 de febrero de 2013

ALGUNA VEZ



Alguna vez
mis ojos
se convierten en la morada
de la lluvia y su tormento.
Alguna vez
escuece el viento
y derraman su agonía
en balsas de melancolía.
Alguna vez
las gotas diminutas
son grandes mares de dolor
como adoquines cubriendo cada paso.
Alguna vez
si por llorar me ahogo
saca a flote mis ansias reír
y sacude mi cara con talco de fantasía.
Alguna vez
si soy niña por un día
tráeme algodón de azúcar
y siéntate a mi lado
a ver el atardecer de mi lamento.

Inmaculada Jiménez Gamero
14 de Febrero de 2013.


domingo, 10 de febrero de 2013

RECORRIDO POR MI ESPALDA



Recorría mi espalda con una sensual templanza, seductoras caricias conteniendo el deseo en un controlado desenfreno. Minúsculos roces repitiéndose, en ausencia del espacio tiempo. No parecía simplemente ese órgano llamado piel, de las manos de cualquier ser común. Se mecía sobre mí, llevándome hasta el vuelo más reconfortante. Parecían  plumas, podían ser telas moviéndose al viento, o un aliento de océano fresco. Todo unido, en una gratificante y excitante sensación que me estremecía.

Mientras permanecía desnuda sobre aquellas sábanas blancas, que olían a menta y a hierbas aromáticas, una música a piano, muy lejana, como llegada de otro mundo, parecía entonar y acompañar aquel momento tan placentero. Días cálidos,  arenas blancas y brisa de mar, sobre nuestros cuerpos de amor recién estrenado. Pasión desabrochándose en cada momento en que éramos conscientes de que el deseo se bebía nuestra existencia.   

Éramos títeres movidos por el destino más complaciente, dejándonos llevar por todo lo que da de sí el placer. Éramos barcos  sobre las aguas de aquella exaltación que dejó sellado nuestro encuentro.  

                                       …………………………………………..

El silencio solo era suspendido por el vaivén de las olas, acercándose y retirándose  de la orilla. Yo miraba las infinitas luces que a lo lejos parecían parpadear, y que se reflejaban en el agua. Me sentía libre, distinta, otra mujer en el país de las mil y una noches.
Sin esperarlo, apareció entre tendederos cargados de fulares de colores vivos, los retiró para hacerse paso con la lentitud y el sigilo conspirando contra mis pupilas. Caminó despacio, con la actitud del gato que no quiere equivocarse en la precisión de su equilibrio, autosuficiente, sabiéndose deseado.

Fue  eterno su recorrido, eterno su rostro felino y sus ojos brillantes clavados sobre mí. Aquella media sonrisa tan provocadora como tierna, en la cámara lenta de mi retina.
Aquella camisa negra abandonada sobre su cuerpo, moviéndose al compás de un hombre misterioso de piel bronceada, ojos verdes y mirada transparente.
Su pelo azabache deshilvanado sobre sus hombros, brillaba con el reflejo de una luna que decoraba la escena de nuestro encuentro.

El susurro de sus labios invitándome a callar, avivó la seducción que él estaba dispuesto alcanzar… El ritmo del deseo se fue elevando, la noche con su reflejo cobalto se inflamó de avidez.   Mis latidos y los suyos formaron un solo latido, el deseo fue una llama atizada que se convirtió en urgente cuanto sus brazos rodearon mi cuerpo.
Apretó mis mejillas con sus manos para morder y besar mis labios, sorbiéndome el aliento, alternando la entrega con el desenfreno.  Sus besos eran un ritual de magia y entrega.

Cientos de mariposas me elevaron a un estado inmaterial.  
Mientras me exigía silencio, susurrándome, desabrochaba los botones de mi vestido, apuntalando sus dedos sobre mi espalda.
Mi blanca indumentaria de hilo, resbaló descendiendo hasta el suelo. Él hizo un amago como queriendo evitar que cayese, y se detuvo en mis pechos erizados, para seguir recorriéndome hasta las ingles.
Me abandoné en un viaje sideral sin nave, buscando las cómplices estrellas con una súplica interna o instancia suprema, para que aquello no terminase nunca.
Sólo faltaba que nuestros cuerpos se convirtieran en uno, para seguir cabalgando por el deleite más antiguo,  que su masculino miembro sembrara el más íntimo recodo de mi femenina licencia, y que nuestras pieles respondieran con la inmensidad del cosmos, para clamar mi deseo atrayéndole mucho más hacía mí,  suplicándole que nunca faltase su presencia varonil dentro de mí.
Habíamos nacido para gozar, para convertir el deleite en la complacencia del  universo, en el que estábamos integrados, participando de un todo. 

                                             ……………………………

Nada más parecido a la gloria. Yo seguía con aquella plácida somnolencia, resistiéndome a abandonar aquel estado de ingravidez existencial, y aquel recorrido dibujándose una y mil veces en mi espalda parecía querer decirme, que existía el séptimo cielo.
Vagamente escuchaba el tintineo de platos y cubiertos sobre la mesa.  
Sus manos continuaron dibujando palabras en mi espalda y su boca se acercó musitando canciones, intentando que despertase después de la noche de amor que me había ofrecido.   
El sol entraba con todo su dulzor hasta la cama, las gasas envolventes se mecían movidas por la brisa caliente del desierto.
Retocé mi cuerpo, encarándome al suyo, vi sus ojos minerales atravesando los míos y volvimos a caer en la erosión del tacto sin medida.
El desayuno nos esperó, cargado de vitaminas de frutas rojas y de delicias dulces del mediterráneo.
Lo íbamos a necesitar después de volver a enaltecer, con los cinco sentidos, el acto del amor y del placer.



27 de Enero de 2013


Inmaculada Jiménez Gamero




martes, 8 de enero de 2013

EL VUELO DE ALEJANDRO



Llegó con la frescura de saberse regalado,
con la caricia madura y distante de la prisa,
con salvajes amapolas de tacto aterciopelado,
y hebras de amor maduro, condición indivisa.
Llegó mientras el alba se volvía hacia otro lado,
para copiarse los besos del amor esperanzado.
Sobre lecho de abandono su sonrisa,
se rompió lo que llegó siendo tan deseado.
Amor de unos labios tan leves como la brisa,
amor de sello y corazón que en las manos se quedó
el fruto de aquel olvido de premisa.
Se quedó la hierbabuena y el olor a verde prado,
y sus ojos verdes de pupila indecisa,
en los brazos de quien te trajo a sus pasos solitarios
que  ya no sabrían andar deprisa, 
si no fuese acompañando los suyos que van volando.
Sobre la silla que empuja el padre
con pasos de risa por su niño adorado
que siempre será pequeño,aunque alto y delgado.
Su mueca siempre improvisa
el vendaval de sentirlo por su piel, su hijo amado.



Inmaculada Jiménez Gamero
26 de noviembre de 2012

viernes, 28 de diciembre de 2012

SOY PASTO DE ESTRELLAS


Cuantas veces se desmaya la noche en mis brazos
y acabo bebiendo de la absenta de sus labios,
cristal azul de luna que mira transformando,
lo terrenal en celestial, retorciendo mis entrañas.
Soy pasto de estrellas y jazmines fugaces,
lavo mis penas ante las sombras arqueadas
de un cosmos misterioso de galaxias,
mutándome en la ninfa de un planeta que no existe.
Se cobijan bajo mi piel todos los átomos latentes
y preñados de memoria me dictan la inmensidad del ser,
la naturaleza errante del firmamento,
la vida absorta que late en mis manos.
Mientras fallecen niños de luz en cualquier lugar del mundo
que quisieron componer el orden exacto del infinito,
soy pasto de estrellas y jazmines fugaces,
y licuo el universo con el goce de mi sangre.

26 de Diciembre de 2012
Inmaculada Jiménez Gamero   


domingo, 16 de diciembre de 2012

SOLEDAD


                                        

Contemplo y magullo las palabras,
y lleno el vacío de mi soledad a medias,
entre la sombra del papel
y el oxigeno de tu aliento.
Rastreo entre lo perdido y lo imposible,
y entrevisto a mi corazón que contesta susurrando,
entre las brumas del disparate cierto.
Finge mi mano la escritura,
me dicta el corazón la trementina del engaño,
y mi pulso se adelanta al cerebro carcomido
de sílabas rotas en mil añicos.
Si fuese diamante erguido
en el insondable silencio de la noche...
si fuese solo un simple circón transparente
en la sedada sensación de la mañana...
¿Cómo llenaría el ojal de mi soledad,
cómo tragaría el ácido de mis lágrimas,
si ya no tengo garganta?
Hablaré con las camisas de los muertos,
y miraré el cadáver del presunto poema
que quise revivir en vano,
haciéndole el boca a boca al soplo de la vida
que llega desde de un mundo indiferente.


Inmaculada Jiménez Gamero
SafeCreative
14 de Diciembre de 2012